06
Oct
07

Sábado 6 de octubre: “La selva de peluche”

 

« On appelle un ours une pièce refusée à beaucoup de théâtres, et qui finit par être représentée. Ce mot a nécessairement passé de la langue des coulisses dans l’argot du journalisme, et s’est appliqué aux romans qui se promènent. On devrait appeler ours blanc celui de la librairie et les autres des ours noirs ».

Honorée de Balzac, Petites misères de la vie conjugale, 1846.


La selva de peluche : obra de teatro para niños


Al principio, la escena está a oscuras. Súbitamente aparecen por las esquinas tres colas de coatí sin cuerpo, que empiezan a enroscarse y desenroscándose, como serpentinas electrocutadas. De pronto, aparece por la cuarta esquina, una cuarta cola, mucho más grande que las otras. Las tres colas se quedan paralizadas. Se enciende un proyector. Un haz de luz blanca deja ver cuatro marionetas: una madre coatí, con sus tres hijitos, en medio de una selva de peluche.

— Coaticitos, dijo madre, ya son bastante grandes como para estar haciendo travesuras todo el tiempo. Yo ya estoy muy vieja. Y el escueto salario que me pagan en este Parque Nacional ya no me alcanza para mantenerlos. Llegó la hora de que cada uno se busque un trabajo.
— Yo, dijo el primer coatí, quiero ayudar a los cocodrilos muy viejos a cruzar el río.
— Yo, dijo el segundo coatí, quiero hacerle masajes capilares a los árboles para que no se le caigan las hojas en el otoño y que en el invierno no se sientan tan feos.
— Yo quiero ser el mejor amigo de un niño, dijo el tercer coatí.
— ¿De dónde sacaste semejante idea?, le dijo la madre, dando un paso hacia atrás, visiblemente alarmada. Acepto cualquier tipo de trabajo. Pero hay una sola cosa de la que tienen que tener mucho cuidado: los niños. Son unas criaturas muy destructivas.
— ¡Es verdad!, dijo el primer coatí. Yo conocí a una niña que se divertía arrojando hormigas en una tela de araña.
— Y yo, dijo el segundo coatí, conocí a otro niño que le hizo tragar a un sapo el humo de un cigarro hasta hacerlo reventar.
— Los niños, dijo la madre, son criaturas muy crueles. Si no querés que te ocurra nada malo, tenés que estar lo más lejos posible.
— ¡No es cierto!, dijo el tercer coatí, hay niños que son muy buenos. Una vez, conocí a uno que me sacó muchas fotos. Y me regaló un chocolate.
— ¿Y vos aceptaste?, dijo la madre, dando otro paso hacia atrás, cada vez más espantada. ¿Acaso no leíste los carteles que prohiben terminantemente darle de comer a los coatís del Parque Nacional? ¡Eso es pura basura!
— Antes de despedirse, prosiguió el coatí sin dejarse intimidar, me prometió que sería mi mejor amigo para siempre y me preguntó si no quería irme con él a la ciudad. Yo le dije que sí, pero que en ese momento no podía. Primero tenía que terminar la escuela. Me dejó su dirección. Mamá, acabo de terminar la escuela y quiero ir a buscarlo.
— Podés hacer lo que quieras— dijo la madre, de pronto muy apenada, estrechando entre sus brazos a aquel coatí tan testarudo— ya sos grande. Si pensás que vas a ser feliz así, acepto tu decisión. Pero yo sé lo que te digo. Cuidate.
Más decidido que nunca, el coatí dejó la selva. En el borde de una ruta, se puso a hacer dedo y en un número increíble de camiones de ganado cruzó bosques, esteros, llanuras, desiertos, pueblos, aldeas, hasta llegar a una ciudad. Allí buscó la casa de su mejor amigo, pero se perdió. Nunca había pensado que una ciudad podía ser una selva tan grande e inhóspita.
Con el dinero que le dio su madre, apenas pudo pagarse una pensión, situada en una alcantarilla inmunda. Pero el coatí no se quejaba de las incomodidades de la vida cotidiana. Lo ponía muy contento saber que en algún momento volvería a encontrarse con su mejor amigo.
Buscó la calle en mapas. Nunca la encontró. Su mejor amigo tal vez vivía en las afueras de la ciudad o en una calle que no figuraba en ningún mapa. Preguntaba a la gente que cruzaba si conocía la dirección. Pero la gente no sabía nada. Y a veces, pasaba de largo, sin responderle.
A pesar de todo, nunca perdió la esperanza. No había un solo día en que dejara de buscar, caminando a la deriva por las calles, esperando encontrarlo por azar. Cuando lo asaltaba el hambre o el desánimo, entraba a una panadería y se compraba bombones de chocolate. Y de paso, aprovechaba para preguntar si conocían la dirección de su mejor amigo. Siempre le respondían : ¡ no !
Todas las noches soñaba que lo encontraba. Cuando se despertaba y se daba cuenta de que era solo un sueño, se ponía a llorar, con aquel llanto tan particular que tienen los coatís, silencioso como los movimientos de las plantas.
Al cabo de un tiempo de búsqueda infructuosa, algo en su interior se resquebrajó. Y por las fisuras irrumpieron un enjambre de dudas… ¿Y si se había equivocado de ciudad? ¿Y si su mejor amigo se había equivocado al escribir la dirección ? ¿Y si le había dado, de manera deliberada, una dirección falsa ? ¿Y si le había prometido que serían amigos para siempre solamente para burlarse ? ¿Y si su madre tenía razón y era verdad que los niños eran criaturas muy crueles? En vez de buscarlo, ¿no tendría que haberse alejado de aquel niño ?
No sabía qué pensar. Lo único que sabía era que el camino que había recorrido, con tanto ahinco, desde el principio, terminaba en un vacío. Y ahora era demasiado tarde para volver atrás. Se le había acabado el dinero. No le quedó más remedio que vivir en la calle, a la intemperie, en compañía de perros, gatos y ratones, que le robaron la valija, con lo poco que tenía. Se quedó sin nada. Lo perdió todo. Hasta el deseo de seguir buscando. Fue hasta un plaza para dejarse morir. Y se instaló debajo de un árbol a esperar la muerte.
Cuando pensó que estaba cerca del fin, vio de pronto, a lo lejos, como en medio de una bruma, a su mejor amigo, jugando con otros niños… Cuando menos se lo esperaba y más lo necesitaba, lo invadió una sensación de felicidad… No lo podía creer… Pensó que era una alucinación… Hacía tantos días que no comía… Estaba tan débil … Pero tal vez no fuera una alucinación, porque cuando lo llamó, con un hilo de voz casi inaudible, el niño se dio vuelta de inmediato y al verlo, se sobresaltó y se quedó paralizado por la sorpresa… ¡Era su amigo!… ¡Su mejor amigo!
Entonces… entonces… entonces.

coatis-3-copie.jpgcoatis-3-copie.jpgcoatis-3-copie.jpg

Anuncios

4 Responses to “Sábado 6 de octubre: “La selva de peluche””


  1. 2 Osana
    noviembre 4, 2007 en 6:56 pm

    “entonces, entonces, entonces” :siempre pensé que los escritores eran un poco sàdicos pues acabar esta historia asi, es criminal : es una tortura mental que nos obliga a hacer introversiones personales.
    Qué placer puede tener un escritor dejandonos cavilando, preguntandonos qué pasarà con el coati y el nino tan deseado y esperado?
    Si uno es un poco sentimental, piensa que el nino ve al coati y los dos viven felices comiendo perdices (que los hispanos no hablan de boda ni de hijos como los franceses, son mucho màs libres)y al pensar en un final semejante, pasa por tonto.
    Si uno tiene miedo de no ser bastante intelectual, dice a sus amigos que el coati se muere y el nino ni se entera que estaba ahi buscàndolo.
    Un argentino, como se sabe de memoria a Bataille y mama el psicoanàlisis con la leche de su madre se sale por los trigos de dios : acabo todo muy muy muy mal!
    (en este caso me gustaria estar en la cabeza del autor para saber, torturarlo si acaso un poco para que confiese ya de una vez qué le paso a ese maldito coati : con lo bien que me sentia antes de haber leido esto!!!!! Voy a tener que ver la tele varias horas para ponerme otra vez en condicion de ser feliz…La lectura excesiva perjudica la salud)

  2. 3 soloosos
    noviembre 4, 2007 en 7:10 pm

    Entonces, entonces, entonces: todo depende de quién. ¿Quién ocupa el lugar del coatí? ¿quién ocupa el lugar del niño? No quise pronunciarme al respecto. Preferí dejar un final abierto. Que el lector se imagine lo que más le gusta como desenlace.

  3. 4 Osana
    noviembre 4, 2007 en 8:05 pm

    bien : el coati abandona al nino, que resulta ser un argentino bastante vulgar, y se marcha para Europa, Paris y se convierte a la religion ursina.Al contacto de los osos por fin sabe quién es ( un poco mejor, digamos) y comprende que lo màs importante finalmente es escribir.
    Escribe una novela epistolar entre canibales y vampiros, luego hace un ensayo sobre las macedonias de fruta; sigue con cuentos médicos y se propone escribir un tratado sobre como un oso de peluche se puede convertir en monstruo ogresco.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


Autor/Auteur

DIEGO VECCHIO, Buenos Aires, 1969. Reside en Paris desde 1992.

Publicó "Historia calamitatum" (Buenos Aires, Paradiso, 2000), "Egocidio: Macedonio Fernández y la liquidación del yo" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2003), "Microbios" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2006) y "Osos" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2010).

Contacto: dievecchio@gmail.com

octubre 2007
L M X J V S D
    Nov »
1234567
891011121314
15161718192021
22232425262728
293031  

A %d blogueros les gusta esto: