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Dic
07

lunes 17 de diciembre: historias para osos que no pueden dormir

Sexta entrega (por anabear)

– ¿Pero qué es esto? dice un niñito cabezón y con gafas.
– ¡Ni idea!, dicen en coro sus padres.
– ¡Qué extraño y qué lindo! —dice la voz melodiosa.
Observan admirativos aquella cabecita redonda, peluda, con orejitas bien plantadas, redondas también y que parecen tan suaves (dan gana de acariciarlas), el hocico pequeño y fino, la boquita muy cerrada y seria. Por encima de la sábana, descansan dos patas y las uñas desaparecen, escondidas en el pelaje pardo, con ricitos ensortijados (una espuma de pelitos que parecen las plumas de un pollito al salir del huevo).
La osa no sabe qué hacer. Sabe que si abre los ojos algo terminará ocurriendo fatalmente. Será el principio de la acción. Si se queda sin moverse, todo se demorará.
Quisiera que esa escena estuviera petrificada, como en una ilustración antigua, que cristaliza por los siglos de los siglos la boca abierta de un grito sin sonido. Tiene la tentación de quedarse así, a sabiendas que es imposible. El todo es decidir si se adelanta ella o si espera a que los otros hagan el primer paso. De manera espontánea ,sabe que hacer a veces el primer paso cambia el curso de una historia. Decide entonces abrir los ojos, que le arden y se le están llenando de lágrimas (pero no son solo lágrimas de pena, sino también lágrimas por el esfuerzo de mantener cerrados los ojos ). Por fin los abre. Se precipita la acción.
Los tres seres que la observan la miran como si descubrieran un fósil maravilloso y frágil. Están alrededor de la cama, en silencio, los dos grandes tomados por la cintura, el Padre humano medio risueño, la Madre humana, con una sonrisa levemente conmovida (las filiaciones se reconocen de manera innata y la osita sabe que son dos padres, así como se levanta el amor materno y protector de la madre humana). El pequeño, cabezón y con gafas (ahora lo descubre ella, después de nosotros) está al pie de la cama, asomado como a un balcón. Cuando lo ve se dice que es muy feo. Pero sabe que será muy importante para ella.

 

 

sherley2.jpg

(les dejo imaginar por qué. Y también por qué la osita no se levantó de un salto para huir por la ventana, como aquella niñita rubia del cuento que siempre me resultó odiosa. Siempre le tuve manía a las niñitas rubias. Siempre me parecieron pretenciosas y orgullosas, a fuerza de oír tantos elogios sobre sus bucles de oro. Con el paso de los años, muy pocas niñas conservan ese color dorado y, a medida que se les obscurece el pelo, se van hundiendo en la desesperación o la locura. Están tan convencidas de que el resplandor pasado deslumbraba a la gente que no les queda más remedio que teñirse para mantener aquella “gloria” con la ilusión de que sigue siendo natural . Tienen la impresión de no ser nada sin ese estandarte capilar. Pobres ellas que se reducen a un color cada vez más platinado, pobres Marilines, destinadas a los barbitúricos… Pero tal vez diga todo esto por puros celos y porque nunca nadie se fijó en mí, que soy una Osa tan parda…)

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Autor/Auteur

DIEGO VECCHIO, Buenos Aires, 1969. Reside en Paris desde 1992.

Publicó "Historia calamitatum" (Buenos Aires, Paradiso, 2000), "Egocidio: Macedonio Fernández y la liquidación del yo" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2003), "Microbios" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2006) y "Osos" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2010).

Contacto: dievecchio@gmail.com

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