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Vendredi 6: Album systématique de l’enface, René Schérer & Guy Hocquenghem

ALBUM SISTEMATICO DE LA INFANCIA

René Schérer & Guy Hocquenghem

El rapto

El niño está hecho para ser raptado, nadie lo duda. Incitan a ello su pequeñez, su fragilidad, su hermosura. Nadie lo duda, comenzando por el mismo niño.

En lo más íntimo de los sueños de infancia, siempre centellea la idea fascinante del rapto. Princesa de leyenda, dama apostada en la ventana acechando al caballero errante, aguardando su liberación, paje montado sobre las ancas, presa de saltimbanquis o de un pájaro (« El niño raptado por un ave rapaz », cuento antiguo) ; en estas figuras lejanas se reconoce a la infancia, jugando a ser a la vez el caballero y el paje, la princesa y el pájaro. El niño es Maldoror y su víctima juvenil; el Rey de los Alisios y el pequeño cuerpo palpitante que el padre lleva consigo, a caballo, galopando. Niños en perpetua espera del flautista de Hamelin, embelesados por su poder demoníaco.

Los niños jugaban en los patios
El hechicero recorrió las calles
hizo sonar su flauta y rápido como un rayo
se llevó a cientos de criaturas[1].

Siempre, acompañando al niño y al adulto, en estado potencial o como deseo entrañable, la idea de rapto hace tambalear la seguridad cotidiana y se desliza en la tibieza del hogar. Puede convertirse en algo terrible, evocar la sombra de Gilles de Rais o de esos “comprachicos” de la Inglaterra de los Estuardo, a quienes Victor Hugo consagró páginas admirables en El hombre que ríe. Idea temible y atractiva, de doble filo, incompartible. Ya que el rapto es, para el niño, tan temido como deseado. Es deseado por el mismo temor que lo inspira, por el desgarramiento que introduce en la rutina, por la irrupción del extranjero, de un mundo extranjero.

¿Pero por qué el rapto y no el vagabundeo, la fuga, la partida, en apariencia más acordes a la infancia, a su ligera libertad? ¿Por qué el rapto que oscurece y tiñe de angustia lo que en la fuga aparece como promesa de evasión? Nuestra época es indulgente con la fuga, cuyos caminos de vuelta conoce y prepara, pero no perdona el rapto y su irremediable violencia. Y es en esta violencia, por el contrario, donde se nos revela toda su capacidad de seducción.

Examinemos este problema con mayor detenimiento. Entre el rapto y la partida, el vagabundeo, la fuga, el viaje, hay un parentesco evidente. Así como no hay rapto estático, sin cambio de lugar, tampoco hay fuga que no se exponga a un rapto posible, ni de viaje digno de este nombre que no se inscriba bajo el signo de un rapto.

Una de las novelas más bellas de Stevenson se intitula Kidnapped, raptado, robado, arrobado. Ya que, para hacer el gran viaje a las montañas de Escocia en compañía del nervioso y lunático Alan, al joven David Balfour le hace falta este primer desgarramiento que lo obliga a partir y le evita la retahíla de legitimaciones y lamentaciones. El pequeño Remi de Sin familia se va con Vitalis, arrendado (o lo que es lo mismo: arrobado). En El alumno de Henry James, el joven Morgan le suplica a su preceptor que lo rapte: “Tendríamos que irnos e instalarnos no sé donde… Si usted me raptara, me iría como una flecha”. Como una flecha: el rapto es rápido y preciso, en medio de la viscosidad de los compromisos familiares y la lentitud que originan. Está más allá y más acá. En todo caso, al margen de esta red de consentimientos a medias y de reticencias que son el pan cotidiano del hijo de familia y de las cuales no puede escaparse, ni siquiera con la fuga solitaria. Por otro lado, la primera etapa de la fuga, el acontecimiento que la vuelve irreversible y que convierte el impulso en afirmación de sí mismo, siempre es preparada o sancionada por una forma de rapto. Michel, el joven fugitivo de Reincidencia de Tony Duvert, sabe calladamente, al entrar a la cabaña del guarda forestal, que está yendo al encuentro de una violación consentida. De manera más santurrona, a Raoul, el héroe de El colegial de Madame Guizot, no se le habría ocurrido nunca escaparse, si el ejemplo de Victor no lo hubiera guiado, si no hubiera estado convencido de que lo encontraría en su camino. Incluso cuando el rapto no es inaugural, siempre precede a los encuentros insólitos, escandalosos ante los ojos de la familia y de quienes están enclaustrados en ella. De este modo, el rapto esclarece el vagabundeo y no lo contrario. J. J. Rousseau, quien se toma en serio el paseo solitario, —“viajar por viajar, es errar y ser vagabundo”— termina en lo de Madame de Warens, la bella raptora y devoradora de jóvenes. El rapto impide que la fuga sea una fuga para nada. E inversamente, la fuga solitaria, entre niños o por sí misma, no es más que un rapto fallido. Así, señala su fracaso y vuelve pronto al punto de partida, al hogar.

Por esta misma razón, la fuga, que es provocada por el encierro de la infancia en nuestras sociedades, es aceptada y perdonada con mayor facilidad. E incluso se camufla con el equívoco, que regocija a las conciencias biempensantes, de una madurez precoz. Consuela a la imaginación con la ficción de un niño que ya es dueño de sí mismo y de sus aventuras, de un niño que goza de perfecta salud, a quien sólo no se le ha prestado demasiada atención. De hecho, las cosas nunca ocurren de este modo, si es cierto que la tentación de la fuga está originada en la de un rapto primordial: la tentación de un exterior de la familia, de la infinita riqueza de un mundo social y animal y de cosas, por donde vagabundear. El seductor siempre está ahí, da lo mismo que llegue, esté presente en carne y hueso o se lo atisbe a lo lejos.  El niño necesita este genio maligno para tener la certeza de su existencia, incluso está dispuesto a someterse a la prueba del Ogro devorador, con tal de que lo libere del envolvente pensamiento familiar, del lento camino pedagógico que se le prepara para tener derecho a existir. Solo la rápida e instantánea captura, el corte transversal en el tejido compacto que lo encierra, produce a la vez el desgarramiento y la liberación. Encuentro revelador de dos obsesiones, cuyo choque expulsa de su caparazón al pequeño inocente bien mimado.

Ahí está el escándalo, el peligro. Ahí está, para el niño, el temor acoplado a una deliciosa espera.

El único temor sin contrapartida, parece ser, es el de los padres que lo pierden, a quienes el niño es arrebatado. Se dice que no hay crimen más odioso,universalmente más repudiado, unánimemente más condenado, que el rapto de niños. Incluso mucho más que el mismo asesinato.

Pero justamente esta puja es esencial. Nos indica donde hay que buscar la aplastante fuerza del rapto, donde está el origen de su amenaza.


[1] Achim von Arnim, Des Knaben Wunderhorn, Berlin, 1805 (El cuerno encantado —la cornicopia— del niño).

Traduction: Diego Vecchio

Boca de sapo N°9 : http://www.bocadesapo.com.ar/prensa/BDS-N9.html

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9 Responses to “Vendredi 6: Album systématique de l’enface, René Schérer & Guy Hocquenghem”


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Autor/Auteur

DIEGO VECCHIO, Buenos Aires, 1969. Reside en Paris desde 1992.

Publicó "Historia calamitatum" (Buenos Aires, Paradiso, 2000), "Egocidio: Macedonio Fernández y la liquidación del yo" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2003), "Microbios" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2006) y "Osos" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2010).

Contacto: dievecchio@gmail.com

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