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5 de noviembre: adiós a un amante de la literatura argentina

Adiós a un amante de la literatura argentina

Pedro Rey, La Nación

Cuando llegó el momento, Jacques Brel, el cantautor de canciones perfectas como “La valse à mille temps”, se compró un barquito y se fue a dar la vuelta al mundo. Le habían dado un plazo de vida limitado (le diagnosticaron cáncer de pulmón) y en vez de gastar sus energías sobre los escenarios prefirió inventarse nuevos horizontes. Se instaló en las islas Marquesas, en la Polinesia Francesa. Allí se dedicó a manejar su velero Askoy y, más tarde, un avión bimotor con el que transportaba a la gente de isla en isla. Sólo al final volvió para grabar un último disco. Apenas pudo registrar en una sola toma el último tema, “Les Marquises”, regresó a las islas, y poco después dijo, sin de verdad decirlo, adiós.

Allá por 2009 Michel Lafon hablaba conmovido de otro músico, Alain Bashung, cuyo digno y retirado adiós había ocurrido por entonces, y la anécdota de Brel no tardó en surgir. Imposible sustraerse del recuerdo de aquellas conversaciones luminosas hoy, cuando nos alcanza la noticia de que, a sus tempranos sesenta, Michel se fue para dejarnos conmovidos a nosotros.

No necesitó reinventarse porque desde un comienzo se había embarcado en un sutil desvío. El periplo había empezado a los diez años, cuando descubrió el castellano. En su ciudad natal, Montpellier, en el sur de Francia, se dedicó a aprenderlo con la pasión y el método que lo caracterizarían. Poco después se cruzó con algún cuento de Borges, después con toda su literatura y, ya adolescente, en alguno de sus pasos por el viejo continente, con el escritor. De hechos tan simples puede surgir para siempre una afinidad electiva, una aventura que, más allá de los desplazamientos geográficos, depende de algo más central: la imaginación.

Michel se convirtió con los años en hispanista y, para usar una palabra que parece haber acuñado él, en argentinista, algo que en su caso significaba no tanto dedicarse a una cultura, sino vivir dentro de ella, a la distancia, con la facilidad de quien respira. Fue un especialista decisivo de la obra de Borges, sobre la que escribió un estudio incomparable y se encargó de una joya para atesorar: la edición facsimilar de dos de sus cuentos más famosos (“Tlon, Uqbar, Orbis Tertius” y “El Sur”). Borges no fue su único desvelo. Tradujo a Adolfo Bioy Casares, al que frecuentó, y fue el responsable del tomo en francés de sus novelas completas, que lleva uno de los prólogos más exhaustivos alguna vez escritos sobre nuestro otro escritor fantástico. Pero también fue, desde su puesto en la Université Stendhal, de Grenoble, un promotor entusiasta de la literatura argentina actual, de la que, se diría, había leído todo y a muchos de cuyos autores hizo conocer, con sus magníficas versiones, en su lengua materna.

En su caso, la amistad era un punto de partida, nunca de llegada. No era inusual recibir un mensaje que anunciara el arribo de libros que consideraba que le podían interesar a su remitente. “Te mando esta pequeña obra maestra”, dice con razón su dedicatoria a un magistral librito crítico de Pierre Bayard sobre Agatha Christie. Era igual de desprendido como corresponsal epistolar. Bastaba escribirle un par de líneas lacónicas (cuando no era él el que se adelantaba) para recibir a los pocos minutos una respuesta desbordante. Su castellano era perfecto: no equivocaba una coma. De existir un detalle revelador, era su forma de encabezar o finalizar la misiva, que trasladaba sin querer («Mi muy querido…) fórmulas de afectividad francesas. La felicidad era saber que esa generosidad no era exclusiva, que se desperdigaba, en un arco más amplio, entre su gran cantidad de amigos, la mayoría de más larga data y mayor intimidad.

Escribió un libro sobre las obras en colaboración (inevitablemente de a dos: con su amigo Benoît Peeters), pero también incursionó, solitario, en la novela. Una vida de Pierre Menard le crea una estirpe a aquel curioso reescritor de El Quijote que Borges ubicó en Nimes, ciudad tan cercana a su natal Montpellier, pero, bajo su aparente impronta de ofrenda, desliza veladamente los aires de su infancia y, como corresponde a los escritores de verdad, un imaginario propio.

Su amigo César Aira (al que tanto admiraba y al que tanto tradujo) escribió un libro breve, Fragmentos de un diario en los Alpes, que sucede mayormente en la casa de Michel y su familia, en un pueblo cercano a Grenoble. Para burlar de alguna manera la tristeza, fui a buscar mi ejemplar y en una línea al azar lo encontré a él con su reloj pulsera de Tintín, ese personaje de historieta que tanto le gustaba, del que tanto hablaba y al que, de alguna manera misteriosa, tanto se le parecía. Decir adiós es difícil, pero la literatura permite al menos el resguardo de la justicia poética.

http://www.lanacion.com.ar/1741297-adios-a-un-amante-de-la-literatura-argentina

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Rencontre




Autor/Auteur

DIEGO VECCHIO, Buenos Aires, 1969. Reside en Paris desde 1992.

Publicó "Historia calamitatum" (Buenos Aires, Paradiso, 2000), "Egocidio: Macedonio Fernández y la liquidación del yo" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2003), "Microbios" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2006) y "Osos" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2010).

Contacto: dievecchio@gmail.com

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