Archivo para 25 julio 2010

25
Jul
10

18 de julio: presentación de OSOS/apertura


Para la presentación de OSOS, en lugar de pedirle a algunas personas que  comentaran mi libro, me pareció mejor invitar a algunos amigos a que vinieran a dar un testimonio sobre su relación con sus osos de peluche, respondiendo a dos preguntas. La primera : qué relación tuviste con tu oso de peluche durante la infancia. Y la segunda : qué consecuencias tuvo esta relación en tu vida  profesional, artística, sentimental y sexual de adulto. Aceptaron esta propuesta  Karl Kaiser, Pablo Pérez, Harry Holtzman, Leo Chiachio y Daniel Gianonne. Aquí van algunas imágenes, textos y videos.

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25
Jul
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18 de julio: presentación de OSOS/Karl Kaiser

KARL KAISER

Nací por cesárea. Mi madre tuvo una trombosis y estuvo seis semanas internada en el hospital. Yo me quedé con ella. Las enfermeras se encariñaron mucho conmigo. Como era más grande que los otros bebés, me convertí en una celebridad.

Me parece que fue en aquel momento cuando mi padre me regaló mi primer oso de peluche. Poco después me sacaron esta foto, donde se me ve con el oso, en todo su esplendor, todo peludo, más joven, casi tan grande como yo.

Ahora este oso, que tiene cuarenta y cinco años, sigue siendo muy bueno, como en aquel entonces. La diferencia es que, como a todo el mundo, se le nota un poco la edad. Hay gente que dice que está gastado. Las patas están mal cosidas porque una se le desprendió y le quedó colgada de un hilo, casi amputada. Visto así, mi oso está un poco gastado. Pero para mí, sigue siendo muy lindo, como antes.

No tiene mucha forma. Es medio masaquote. Pero es muy expresivo. Tiene la carita pelada. En general, los osos tienen la cara afelpada. Y este tiene la carita pelada. Como un mono. Tal vez sea un mono disfrazado de oso. También tiene la boca pegada al cuello. Mejor dicho: no tiene cuello. ¿Pero para qué tiene que tener cuello? Hay muchas personas que no tienen cuello.

Ya no tiene nombre. O mejor dicho, nunca tuvo nombre. Cuando él entró en mi vida, yo no sabía hablar. Él formaba parte de mi vida, sin necesidad de tener nombre propio. Mas tarde, cuando yo empecé a hablar, me di cuenta de que la gente se refería a él como a “Bärchen”, el diminutivo de Bär, oso, en alemán. Así recibió su nombre, Bärchen, la versión alemana de osito. A mí, nunca me hacía falta ese nombre, porque Bärchen pertenecía a un mundo anterior, un mundo sin palabras, sin diferenciación individual, sin nombres propios.

Con Bärchen, siempre compartimos la misma cama. Durante las noches siempre dormí abrazado a él. Bärchen pasaba los días sentado en su rincón de la cama, mirándome. Los abrazos nocturnos se hicieron mas intensos, cuando yo tenía ocho años y mi padre se enfermó y murió. Fue también en aquel entonces cuando empecé de vuelta a chuparme los pulgares, costumbre que había dejado atrás poco antes y que no dejaría hasta muchos años después. Bärchen me acompañó en ese momento. Él era para mí más que un amigo, porque en aquellos años yo no tenía amigos. Era más que un pariente, porque a él lo podía abrazar, mientras que los miembros de mi familia eran unos seres distantes, que desconocían el efecto calmante y protector de un abrazo. En mi casa, después de la muerte de mi padre, existían sólo los abrazos entre Bärchen y yo, los demás familiares eran intocables. En general ni siquiera me daban la mano. Eso era un privilegio reservado por la buena educación a las personas que venían de visita.

Después, con el pasar de los años, ya no nos abrazábamos tanto. Hubo un distanciamiento. Empezaron los problemas psicosomáticos, y Bärchen ya no me podía reconfortarme como lo había hecho antes. Yo ya no tenía con él la relación que tenía al principio. Había crecido. A pesar de todo, Bärchen siguió estando ahí, en su rincón de la cama, hasta los dieci algo… No recuerdo muy bien. Probablemente hasta los 18… O hasta los 16. Tal vez nos separamos cuando tuve que ir al servicio militar y no me lo pude llevar. O tal vez antes. No lo recuerdo. En todo caso, no fue una separación traumática.

Después del servicio militar, este oso de peluche tuvo un rival. O mejor dicho una rival: una foca de peluche de tamaño casi natural. No me la regalaron. Me la compré yo, porque me pareció buenísima, con el dinero que me habían dado para mi cumpleaños.

La foca sí tuvo un nombre propio y no genérico. Se llamaba Sebastian Clemens Adrian, por una novela de Evelyn Waugh, Brideshead revisited, donde hay un personaje que se llama Adrian, que tiene un oso que se llama Sebastian. El Clemens lo agregué por no me acuerdo que motivo. Me gustó la combinación. Terminé poniéndole a la foca de peluche un nombre de oso. Entonces me dí cuenta de que en el mundo de las palabras mi oso hubiera merecido un nombre, que nunca le había dado, y ya era demasiado tarde para dárselo. Tampoco hacía falta.

Si establecés una relación con algo o alguien, ya no hace falta cambiarle el nombre. Podría haber inventado miles nombres. Pero no hacía falta, porque la relación con este oso ya tenía un significado para mí. Como en todas las relaciones, había algo constante, que no variaba: él compartía la cama conmigo.

La foca y el oso se llevaron bien. Quien no se llevaba bien con ellos, sobre todo con la foca, era Marcelo. Marcelo no soportaba que mis amigos me preguntaran: ¿cómo está Sebastian Clemens Adrian? Tener a esos animales en la cama, sobre todo un bicharraco enorme como aquella foca, le parecía muy sensiblero, cursilón, de mal gusto.

Un día hizo desaparecer a Sebastian Clemens Adrian detrás de un espejo. Algún tiempo después, ya no se encontraba detrás del espejo tampoco. Había desaparecido totalmente. Tal vez Marcelo mandó a aquella foca a un mundo subterráneo, como el de Alicia, especial para animales de peluche. El oso, en cambio, sobrevivió, escondido en un maletín. Recién pudo salir años después cuando Marcelo se tranquilizó un poco.

Luego apareció otro oso, un oso Padington, vestido con piloto, que me regalaron mis compañeros de trabajo, en Londres, cinco años después de haber comprado la foca. Padington nunca llegó a dormir conmigo. Marcelo hizo realidad una cama libre de peluches. Ellos no dormían con nosotros. Pero miraban desde un rincón.

Padington desapareció no me acuerdo de qué manera. Creo que a él le tocó el mismo verdugo que ya había terminado con la vida de Sebastian Clemens Adrian.

Mi primer oso sigue conmigo todavía. Ahora esta encerrado en el armario. A veces sale. A veces pasea. Si este primer oso sobrevivió, y no los otros, es porque hay en él algo de esencial. Es mi primer oso peluche. El único. El auténtico.

24
Jul
10

18 de julio: presentación de OSOS/Pablo Pérez

PABLO PEREZ

Tuve un oso de peluche blanco. No me acuerdo quién me lo regaló. Era muy chico. Tendría unos cinco años. Tampoco sé cómo se llamaba. No era de ponerle nombre a los muñecos. Tenía el pelo medio largo, como fibroso, muy finito. No era el típico peluche. Era como una especie de peluche de angora.

Un día se me ocurrió perfumarlo con esencia de vainilla. Muchísima esencia de vainilla. Como un frasco. El oso quedó todo marrón, con un olor a esencia de vainilla asqueroso. Los peluches ya tienen un olor muy especial. Como a armario. O a vieja. Una mezcla de plástico, perfume, talco. Este olor, sumado a la vainilla, era vomitivo.

Como dormía en un cuarto muy chiquito, aquel olor, que era muy fuerte, inundaba toda la habitación. Donde estuviera el oso, ese olor se sentía desde lejos. Contaminaba todo. Lo tuve que tirar. A pesar de todo, seguí durante un tiempo con aquel olor horrible, impregnado en la nariz. La palabra vainilla la saqué de mi diccionario.

Seguramente por eso nunca me gustó mucho el sexo vainilla, el sexo sotf, sexo romántico. Igual ahora estoy abriendo mis puertas al romanticismo. Pero durante un momento era excluyente. Solo me gustaba el sexo leather, el sexo fuerte, con cuero. Los osos me gustan bastante. Por así decirlo, están en el top del rating. Pero no cualquier tipo de oso. Me gustan los osos peludos, robustos, con formas marcadas, alto, aunque demasiado alto no, con olor a chivo. La mezcla de pelo, cuero y olor a chivo me resulta excitante. Sobre todo el cuero. Soy un fetichista del cuero.


Todo empezó, me parece, con un programa infantil, el super show infantil, donde había un mensajero vestido de cuero, que era el que traía las cartas a los niños. Estaba vestido de cuero y con un casco. Nunca se le veía la cara. Y a mí me fascinaba. Yo pienso que fue ahí la primera vez donde empezó a gustarme el cuero.

El sexo leather en sí lo conocí a los 23, 24 años, en Paris, en un bar que se llamaba « Le Mec Zone », que quedaba a cinco cuadras de mi casa. Cuando estaba insomne, iba. Veía que había mucha gente vestida de cuero, que me excitaban, pero no me daba cuenta de que había un código específico. No sabía nada de los códigos del sexo leather.

Eso lo aprendí más tarde, aquí, en Argentina, con el trío que aparece en “Un año sin amor”, donde había un oso y un musculoso. Los conocí por un anuncio en una revista que decía « Pareja S/M busca tercero interesado ». Nos encontramos. Había uno que me gustaba más que el otro, el que era más oso. Pero después terminaron gustándome los dos. Era un muy buen trío. Con J y P, nos vimos durante dos años, una vez por semana o cada dos semanas. Y ahí fui aprendiendo los distintos códigos del sexo leather : atadura, interrogatorio, lamida de cuero, obediencia, juguetes, cigarros, control de respiración, latigazos, tortura de tetillas. Todo eso lo aprendí con ellos.



24
Jul
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18 de julio: presentación de OSOS/Harry Holtzman

HARRY HOLTZMAN

Hola !… Gracias ! … Muchas gracias!… Estoy muy contento de estar aquí con ustedes, rodeado de tantos osos… Mi nombre es Joseph Rubinsky… Soy de Arizona… Viví cerca del gran cañón del Colorado… Tuve una infancia muy pero muy muy muy muy difícil… no con uno… ni con dos… ni con tres, sino con… ¡¡¡38 osos de peluche !!!

Mi primer oso me lo regalaron mis padres, cuando cumplí seis años. Se llamaba Honey Bear.  Aquí pueden ver una foto de él, en su mejor época.

Era muy bello. Estaba siempre muy perfumado. Era un oso un poco taciturno. No hablaba mucho. Nunca decía nada. Yo le hablaba todo el tiempo. Le hacía preguntas. El no respondía. O respondía YES… NO…  NO… NO…FUCK YOU! Un día, a la hora de la cena, mis padres me mandaron a la cama porque no quería comer las espinacas con manteca —detésto las espinacas con manteca— y al entrar a mi habitación… [silencio, saca un pañuelo, se seca los ojos, comienza a llorar, pero se retiene]… perdón… un día, al entrar a mi habitación, descubrí a Honey Bear bebiendo del pico de la botella de mi perfume preferido. ¡Honey Bear era un oso bebedor! Por las noches, iba a la cocina, abría la heladera y se bebía las latas de cerveza, o iba al minibar y vaciaba las botellas de whisky, ron o fernet. Para ocultar este olor, se echaba perfume. Por eso estaba todo el tiempo tan perfumado. ¡Qué feo! Puedo aceptar muchas cosas de un oso de peluche, pero si hay algo que no soporto es el alcoholismo. Lo eché inmediatamente de mi cuarto y de mi casa. Nunca más lo volví a ver.

Mi segundo oso TT Bear era el típico oso de peluche egoísta y narcisista.  Se la pasaba todo el tiempo tiñéndose de todos los colores. En esta foto, está rubio.

Pero al otro día, era marrón oscuro. Y al otro día, negro pantera. Al otro día, todo atigrado. Y al otro día, piel de cebra. ¿Cuantas noches pasé, acostado a su lado, aburriéndome en silencio, escuchando sus interminables e insoportables monólogos, donde decía YO, YO, YO y nada más que YO? Esto no era lo peor. TT Bear miraba a escondidas revistas pornográficas para osos de peluche. Era un oso obsesivo sexual. Un día lo encontré en nuestra propia cama, con mi Pato Donald de plástico. Otro día, con mi querido Snoopy. Eso fue más difícil. Un poco más tarde, con mi Scooby Doo. Hasta llegó a acostarse con Jeniffer, la jirafa de peluche de mi hermana… No hizo falta que lo echara. El mismo me abandonó. [Comienza a llorar, pero logra retenerse]. Me prometí a mi mismo que no iba a llorar en público. Y lo lograré.

Mi tercer oso Jonathan Bear era muy simpático.

Todo el mundo que lo veía, me decía que era el oso más simpático que habían conocido. Cuando le presionaban el vientre, se ponía a cantar. [Canta algunas canciones en inglés Row your boat, Singin’ in the rain, Jingle Bells, Happy Birthday]. Cuánto me gustaba. A veces Jonathan Bear estaba un poco eufórico. Un día —un día horrible para mí— descubrí porqué. Aquel día volví más temprano que de costumbre de la escuela, encontré a Jonathan Bear drogándose en el baño. Comprendí entonces que las veces que había desaparecido misteriosamente mi dinero de la alcancía, había sido Jonathan Bear que me lo había robado… para comprar droga. Y no solo esto. Jonathan Bear le vendía drogas a otros osos de peluche. Un día, lo encontré todo despanzurrado sobre la cama … Seguramente fue una venganza del cartel de osos de peluche narcotraficantes. [Rompe a llorar. Ataque de llanto, que termina abruptamente, para seguir hablando normalmente]

Mi cuarto oso de peluche yo lo perdí en circunstancias muy misteriosas …. [Un oso se levanta y le dice algo al oído]… Alguien me dice que no me queda más tiempo [Contrariado]… Uffffff….  ¡Qué lástima! Todavía no les conté las mejores historias… ¿Qué hacer?… ¡Ya sé! ¡Se me acaba de ocurrir una idea…!  Puedo dejarle el manuscrito a un editor [le da el manuscrito a Damián Ríos] y dentro de poco, podrán leer mi libro, que será mucho mejor que el que estamos presentando hoy.

Pero antes quería leerles el final… Después de tantos fracasos, pasé muchos años, solo, viajando por todo el mundo, sin ningún oso de peluche,. Un día, estaba en Praga. Cerca del cementerio judío. Llovía. Yo estaba sentado en un banco, mirando la lluvia. De pronto, salió el sol y apareció el arco iris. Me puse a contemplarlo. En la misma dirección donde terminaba el arco iris, no muy lejos de mí, había una mancha gris. Miré mejor. Era un oso de peluche, todo mojado, desmayado, casi muerto. Lo recogí y lo llevé de inmediato al hotel, donde lo sequé y le curé. Cuando se recuperó de sus heridas, el oso, que se llamaba Ronny Bear, me contó su historia. Había pertenecido a un niño muy cruel que lo había maltratado y después de pegarle, lo había dejado tirado en el parque. Desde aquel día estamos juntos.

Quería terminar diciéndoles que nunca hay que perder la esperanza. En el lugar menos pensado, puedes encontrar a tu oso de peluche, a la vuelta de una esquina, debajo de un banco, en un baño público, porqué no…, en el momento menos pensado, tal vez dentro de un rato.

24
Jul
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18 de julio: Leo Chiachio y Daniel Giannone

24
Jul
10

18 de julio: presentación de OSOS/lectura

Al principio, Dios estaba aburridísimo. Para tener un poco de compañía, se le ocurrió crear a una criatura a imagen y semejanza suya. Tosió y escupió una flema verde : la Primera Rana. Y como vio que la Primera Rana era una compañía muy amena, le dio el don de la palabra. La Rana dijo : ¡Croac! Dios le respondió: ¡Croac! ¡Croac! y se sintió muy feliz. Por fin había encontrado a una Secretaria, digna de este nombre, con perfecto manejo de la Lengua Primordial. Como estaba muy oscuro, Dios pensó luz y la Primera Rana croó y la luz se hizo. Y luego Dios pensó cielo y la Primera Rana volvió a croar y el cielo se hizo. Y luego Dios pensó tierra, cubierta de plantas y hierbas, que den semillas según las especies y de árboles que den frutos con la semilla dentro, según las especies y la Primera Rana croó y aparecieron la tierra y los vegetales y todo el resto de las cosas que existen e incluso las que no existen, por declinación y variación de aquel Croído Primordial. Pasaron miles de años. Los sonidos de las palabras se empobrecieron, pero el sentido se enriqueció. Volvieron a pasar miles de años. Las ranas crecieron y se multiplicaron sobre la faz de la tierra, olvidándose de aquello que había ocurrido en el origen.

Un día nació, en la recámara nupcial de la reina de las ranas, el renacuajo más bondadoso del mundo: Esmeralda. Mientras los otros anfibios de su edad malgastaban el tiempo buceando, serpenteando, zigzagueando en el fondo de un estanque, Esmeralda, al terminar los deberes, ayudaba a su madre en las tareas del hogar, barriendo el palacio, fregando los platos, hilando en una rueca.

Ni bien perdió la cola de renacuajo, comenzaron a lloverle las propuestas de matrimonio de batracios de alta estirpe, entre ellos, el Príncipe de los Escuerzos, un solterón recalcitrante, con el aliento acre de un basilisco. Desde luego, Esmeralda rechazó a todos estos pretendientes. Quería aprovechar al máximo su vida de rana soltera.

Se la pasaba organizando campañas de protección de las especies en vías de extinción, creando asociaciones de lucha contra la contaminación de los recursos naturales, alentando el uso de energías alternativas, reestableciendo la paz y el amor entre presas y predadores. Durante las epidemias de sarna, fiebre aftosa o brucelosis, visitaba a los animales convalecientes en los corrales, jaulas y madrigueras. Y durante las inundaciones, se ocupaba de los problemas de alojamiento de las aves que se habían quedado sin nido.

¡Qué tiempos tan maravillosos!

Su celebridad fue más allá de las fronteras de su estanque natal. Un día, llegó un productor de un canal de televisión de la ciudad de Buenos Aires con una propuesta laboral, sumamente interesante. Esmeralda había sido seleccionada entre un grupo de conejos, topos, tejones, tortugas, perros, pingüinos, iguanas, lechuzas, caracoles, cebras, panteras, monos, jirafas, ratones — incluso una pareja de rinocerontes— para protagonizar un programa que invitara a los niños a ir a la cama sin protestar, aprovechando al mismo tiempo para despabilarles la conciencia ecológica. Esmeralda aceptó con una alegría directamente proporcional al rencor que experimentaron los animales descalificados, en particular los rinocerontes, que le advirtieron, tocándose el cuerno, que si no renunciaba ya mismo a aquel trabajo, la iba a pagar muy caro. Esmeralda hizo caso omiso de estas amenazas y obscenidades. ¡Por suerte! Desde el principio, A la cama, con la rana rana rana batió todos los récords de audiencia, conocidos hasta entonces por la televisión. ¿Te acordás del primer programa?

Un padre, vestido de traje y corbata, antes de ir al trabajo, llevaba en auto a sus hijos a la escuela. Esmeralda, que viajaba sentada en el asiento de adelante, con el cinturón de seguridad abrochado, se ponía a hacer un cálculo en voz alta.

— Si un padre (o una madre) que lleva a sus hijos a la escuela en auto emite por el caño de escape mil trescientos gramos de dióxido de carbono en la atmósfera, los dos millones de madres (o de padres) de la ciudad de Buenos Aires que llevan todos los días en auto a sus hijos a la escuela, emitirán más de dos mil seiscientos millones de toneladas de dióxido de carbono, produciendo una verdadera hecatombe ecológica de consecuencias insospechadas para las futuras generaciones.

Corte.

Esmeralda aparecía en exteriores, seguida por un millar de niños (¡sin los padres!) pedaleando una bicicleta por un camino que serpenteaba un campo lleno de flores y pájaros que cantaban alegres melodías, exhortando a todo el mundo a ir a la escuela en medios de transportes no contaminantes.

Al llegar al borde de un estanque, se bajaba de la bicicleta y se ponía a dar saltos, en la superficie espejada del agua, sobre unos nenúfares. Al llegar al último nenúfar, decía: ¡Renacuajos, llegó la hora de irse a dormir! Y entonces llegaba la parte más importante y esperada de todo el programa. Esmeralda se ponía a cantar:

¡croac croac croac!

¡croac croac croac!

¡croac croac croac!

No se trataba de un canto de rana cualquiera. A imagen y semejanza del Croído Primordial, los croídos de Esmeralda eran verdaderas palabras mágicas, capaces de abrir las puertas del sueño de los niños, mucho más eficaces que los cuentos, los baños con sales soporíficas, las amenazas, los somníferos y hasta los osos de peluche. Gracias al programa de Esmeralda, Buenos Aires fue durante un tiempo una de las ciudades con el índice de insomnio infantil más bajo del mundo.

Hasta hacía poco.

Dos meses atrás (exactamente dos meses, con cuatro días, diez horas y cuarenta y cuatro minutos), Esmeralda había terminado de grabar un episodio que la había dejado particularmente agotada y con un humor de sanguijuela anémica. Estaba en su camarín, ante el espejo, sacándose con un algodón el maquillaje, cuando alguien golpeó a la puerta. Al abrir, se encontró con el Príncipe de los Escuerzos, con un ramo de flores en la mano. Antes que pudiera cerrarle la puerta en la cara, el entrometido le mostró el regalo que llevaba en la otra mano: una caja de moscas confitadas. La glotonería fue más poderosa que la aversión, el cansancio o el mal humor. Esmeralda lo hizo entrar.

A los dos minutos, el Príncipe de los Escuerzos intentó besuquearla. Esmeralda le asestó una bofetada y amenazó con llamar al personal de seguridad, si no se comportaba correctamente. El Príncipe de los Escuerzos pidió disculpas y se sirvió un whisky. Mientras bebía un sorbo y la miraba con unos ojos de terodáctilo libidinoso, Esmeralda degustó la golosina. Apenas hubo dado el primer mordisco, la mosca se le quedó atascada en la garganta. Se le cortó la respiración, se le congeló la sangre en las venas, la cabeza empezó a darle vueltas. Cayó al piso, como muerta. Pero no estaba muerta. Estaba profundamente dormida. El Príncipe de los Escuerzos le había hecho probar una mosca confitada, rellena con un temible narcótico, para entregarla, sin resistencia, en manos del Espantasueño, conocido antaño, con el nombre de Cristóforo Guzmán, el Ogro de Buenos Aires.

18
Jul
10

Domingo 18 de julio: OSOS




Autor/Auteur

DIEGO VECCHIO, Buenos Aires, 1969. Reside en Paris desde 1992.

Publicó "Historia calamitatum" (Buenos Aires, Paradiso, 2000), "Egocidio: Macedonio Fernández y la liquidación del yo" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2003), "Microbios" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2006) y "Osos" (Rosario, Beatriz Viterbo, 2010).

Contacto: dievecchio@gmail.com

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